
“Si se quiere, se puede”: La depresión en la era del positivismo
“Si se quiere, se puede”: La depresión en la era del positivismo
En la actualidad, es común encontrar en redes sociales mensajes que nos invitan a ser "dueños de nuestra vida", emprender, viajar y vivir en plenitud constante. Si bien estos mensajes son inspiradores y deseables , esconden una trampa silenciosa: cuando el mantra es "nada es imposible", no alcanzar esos ideales se percibe como un fracaso estrictamente personal.
Esta dinámica ha dado lugar a un malestar particular: una depresión ligada al exceso de positivismo.
De la obligación a la autoexigencia
Anteriormente, el malestar solía provenir de imposiciones externas o del sentido del deber. Hoy, bajo la bandera de la libertad absoluta, hemos pasado al otro extremo:
La disolución de límites: Ya no hay un agente externo que impone; ahora somos nosotros quienes nos exigimos constantemente.
Autoexplotación: Nos convertimos en esclavos de nuestras propias demandas de felicidad, autonomía y productividad.
Rechazo a lo negativo: En este escenario, no hay espacio para la tristeza, el cansancio o la duda. La negatividad se vuelve inaceptable.
El agotamiento por esfuerzo constante
Como señala el filósofo Byung-Chul Han, ya no necesitamos a un jefe que nos explote; nosotros mismos asumimos ese rol. Esta persecución de una meta inalcanzable —la de estar siempre realizados y productivos— conduce inevitablemente al agotamiento.
Incluso el descanso se ha desvirtuado, convirtiéndose muchas veces en una herramienta funcional para recuperarnos y seguir rindiendo, en lugar de ser una pausa real.
Hacia un descanso auténtico
Para contrarrestar esta forma de depresión por exceso de exigencia, es fundamental recuperar espacios de libertad genuina:
Descanso no funcional: Aprender a descansar sin culpa, sin que ese tiempo tenga que servir a la productividad.
Aceptar el "no hacer nada": Crear momentos donde simplemente estar sea suficiente, sin la presión de cumplir con un ideal de vida.
Reconocernos en los demás: Entender que no somos individuos aislados. Nuestra existencia se sostiene verdaderamente en la relación con el otro, no solo en el "yo mismo".
Habitar la vida que ya es, con sus límites y sombras, es el primer paso para aliviar el peso de la exigencia moderna.